martes, 13 de octubre de 2015

CATALUNYA

La historia de un pueblo es siempre una ficción, un relato más o menos literario que exalta los sentimientos de sus gentes y les impregna de una identidad propia frente otros pueblos. La historia es el mito necesario que cohesiona una sociedad, junto con su lengua y su cultura. Y como todo mito, más que valor de realidad tiene un valor de potencialidad. Es la energía que mueve a los pueblos y los hace crecer.

Catalunya empezó a construir su mito nacional muy recientemente, a principios del siglo XX, aunque el mito hunde sus raíces en el catalanismo cultural romántico de finales del XIX. Es la misma época en que aparece con fuerza el nacionalismo vasco, y es que ambos, así como otros de diferentes regiones de la península, surgen como consecuencia de la idea sociopolítica del nacionalismo, alumbrada con la revolución francesa y que fue socavando las monarquías europeas que gobernaban a la vez varios países. Según ella, las personas de diferentes pueblos deberían dejar de guardar fidelidad a un mismo rey para guardarla a su nación, entendida ésta como el conjunto de gentes que hablan la misma lengua, tienen las mismas costumbres y cultura, y habitan históricamente un mismo territorio.

El que los nacionalismos vasco y catalán hayan sido los más pujantes y duraderos en España se deberá seguramente a diversos factores de difícil evaluación, y sin duda diferentes en ambos casos. Sí que tienen en común la existencia de unas figuras carismáticas como Sabino Arana y Prat de la Riba, respectivamente, que lograron  construir un mito nacionalista potente y avivar ese acervo de emociones  que despierta el paisaje, la etnia y la cultura de nacimiento. Tienen también en común un desarrollo industrial elevado, siderúrgico en Vizcaya y textil en Cataluña, que sin duda alentó en la época ese orgullo de ser mejores que el resto de España.

No entramos a juzgar la realidad de la historia catalana vista desde su mito nacionalista, por más que abunde en manipulaciones y visiones interesadas de los hechos, porque también el nacionalismo español, o el vasco, por hablar de nuestro espacio peninsular, cojean del mismo pie. Respecto a la tan exhibida identidad catalana, es cierta su existencia como lo es la aragonesa, vasca, gallega o andaluza, sin que eso constituya  un motivo de aislamiento y separación. Los estados se han formado por incorporación de pueblos y culturas, como señalaba Ortega, y lo esencial de un estado es que tenga un proyecto común ilusionante para todos sus pueblos y una legislación única que garantice la igualdad de derechos y deberes de todos los ciudadanos, pudiendo albergar diferentes culturas y lenguas siempre que exista una lengua común. Pero un estado de esa manera integrado debe mantenerse en nuestros días por acuerdo de las partes y no por sometimiento, evaluando las ventajas de la unión frente a la disgregación. Cuando las fuerzas sociales disgregadoras son más fuertes que las integradoras, hay que replantear las leyes constituyentes.

Volviendo a Cataluña – ahora escrito en la lengua común– deberían dejar  de utilizarse espuriamente los planteamientos nacionalistas que ya han quedado desenmascarados, primero porque la historia es muy compleja y su interpretación se puede inclinar hacia el lado que convenga en cada caso, y segundo porque no se trata de volver a la Edad Media sino de avanzar hacia el futuro. Los catalanes, que siempre han sido tan prácticos, no tendrían que dejarse arrastrar por ese sentimentalismo nacional primitivo que necesita un oponente para existir. Cataluña ha tenido altibajos en su desarrollo, pero el victimismo no soluciona los problemas de las épocas de decadencia, de la mala administración o la política corrupta. 

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