domingo, 24 de marzo de 2019

EL RELOJERO VAGO


Dios pudo haber creado el Mundo de manera precisa, matemática, como un relojero excelente. Hubiera ahorrado mucha materia y energía, mucha luz dispersada por los confines del Universo. Pero no quiso tomarse ese trabajo, le bastaba con iniciar el proceso, con arrancar una explosión en la nada y dejar que se desarrollaran las infinitas posibilidades entre las cuales surgiera de manera excepcional la vida. Era tan delicado el ajuste de la vida que no se limitó a crear un solo Universo en el que los parámetros esenciales tuviesen que ser ajustados con absoluta precisión, sino una infinidad de Universos entre los que apareciera de manera espontánea el adecuado. Tan inmenso era el poder del Creador que obraba a lo grande, derrochando medios, alzando simplemente la voz y diciendo "Hágase". Y así llenó el Cosmos de universos y mundos infinitos, de confusión y sufrimiento. Por eso, los hijos de Dios, ya crecidos, acabaron imaginándole como un infinito poder sin inteligencia, como una Nada poderosa, como un ente que necesitaba al hombre para encarnarse en él y llegar a ser un excelente relojero. Así pensaba el Hombre. Dios parecía la potencialidad pura, la totalidad de todas las posibilidades, ya que de ser algo concreto hubiese estado limitado, y Él era infinito. Dios era Todo y Nada, las dos formas de llamar a lo mismo.

jueves, 31 de agosto de 2017

LA HORMIGA DE LA DAMA DE ELCHE


Quién sabe lo que buscaría la hormiga dentro de la vitrina de la Dama, después de haber violado la seguridad por un imperceptible orificio en la silicona de una junta. Las hormigas no comen piedra ni había dentro nada que pudiera apetecerle salvo pasearse por los recovecos y florituras pétreas de los collares, colgantes y rodetes de la adornada, misteriosa y bellísima mujer íbera. Cierto es que la escultura no corría ningún peligro por el asueto de la hormiga, que quizás no encontraba de nuevo el orifico por donde entró y hubiera acabado muriendo allí, en funerario homenaje a la misteriosa Dama, fallecida hace veintiséis siglos y enterrado su busto para salvarlo de la destrucción iconoclasta de la época. De hecho, la hormiga difunta hubiera concordado con el aspecto cadavérico de su rostro sin color y cuencas vacías, al haber perdido la policromía y la pasta vítrea de los ojos que le dieron vida en su momento. Incluso así, su belleza se mantiene, como si representara ese breve momento de tránsito entre la vida y la muerte en el que el alma todavía reside en el cuerpo inerte pero no puede ya manifestarse. Un cadáver hermoso parece, aunque sea por accidente. Quién sabe dónde estarán sus ojos ni qué aspecto tendría con esas ventanas del alma, aunque por el dibujo de su boca se adivina una impasibilidad tranquila y la nobleza de su carácter. 
Pero volviendo a la hormiga viva, tuvo que ser escalofriante para el turista que la descubrió el verla aparecer allí mientras estaba sumido en las anteriores reflexiones sobre el rostro de la Dama, como si un diminuto emisario negro de la muerte llegara para aclarar y enriquecer sus divagaciones. Menos mal que la hormiga estaba sola y no se había instalado allí el hormiguero entero, que en algún lado del Museo debe estar porque una hormiga solitaria no tiene futuro, salvo que esté muerta y sea excepcional, como la Dama.
Y ese es precisamente el problema que se ha vuelto a plantear, el futuro de la Dama. Se reclama desde Elche devolverla a su lugar de origen, que no se consuela de su ausencia con las breves estancias que se permiten de lustro en lustro. El Museo Arqueológico Nacional mantiene su criterio de que la prima dona de la escultura íbera, joya de nuestra arqueología, es un bien único que debe poder ser disfrutado por el mayor número de personas, y por tanto su lugar de exposición debe seguir allí, donde además se garantiza su seguridad y perfecta conservación. Aunque después del suceso de la hormiga este argumento se ha convertido en un arma arrojadiza de los ilicitanos. 
Y de nuevo la hormiga exploradora vuelve a nuestra conciencia y nos preguntamos qué habrán hecho con ella, dónde la habrán llevado, si la habrán dejado en libertad para que vuelva con sus congéneres o la habrán metido en un frasquito para conservarla en el M.A.N. como una anécdota curiosa.  


viernes, 17 de febrero de 2017

LA MENTE PLANETARIA

McLuhan alumbró el concepto de Aldea Global a mediados del siglo pasado, significando que el desarrollo de las comunicaciones (teléfono, radio, prensa, cine, etc.) permitía conocer, casi en tiempo real, lo que sucedía en el mundo, a semejanza de la facilidad de comunicación persona a persona en el ámbito reducido de una aldea. Pero en ese contexto global, al igual que en una aldea, los poderes fácticos controlaban, filtraban y sesgaban la información trasmitida a los ciudadanos.

La aparición de las nuevas Tecnologías de la Información y Comunicación (Internet, teléfonos inteligentes, redes sociales, etc.) han propulsado la Aldea Global hacia un nuevo concepto que podría llamarse la Mente Planetaria, porque pone en comunicación a cualquier persona del planeta no sólo con todo tipo de acontecimientos sino de conocimientos y posibilidades de interacción en masa. Y lo importante es que ya no hay un solo origen controlado de la información sino que esta iniciativa está democratizada, es plural y diversa, permitiendo elegir y contrastar opiniones. Las redes informáticas mundiales y las grandes bases de datos distribuidas por todas partes van creando una especie de trama cerebral electrónica, una mente virtual en la que se integran información y comunicación en tiempo auténticamente real o instantáneo y que abarca a todo el mundo. Incluso la diversidad de idiomas se obvia con la funcionalidad de los traductores incorporados en la red. Se puede decir que la mente planetaria habla todas las lenguas para cada uno de nosotros.

Decía Teilhard de Chardin, a mitad también del siglo pasado, que la Evolución conducía necesariamente a la formación  de una esfera envolvente de conocimiento o Noosfera que iría cohesionando a la Humanidad y armonizando su funcionamiento, hasta llegar a la formación de un Ser Único configurado por todos los individuos movilizados e implicados en un destino común, en cuyo seno encontrarían satisfechas y potenciadas todas sus aspiraciones personales y espirituales. Pues bien, estamos asistiendo probablemente a la génesis de ese Ser, al desarrollo inicial de su cerebro, que no será biológico sino digital. Pero queda todavía mucha tarea de embriogénesis  de los distintos órganos de ese cuerpo global, como son los diferentes sistemas automáticos de control, la distribución adecuada de los medios de vida, la economía y racionalización del consumo, etc., etc.

Afortunados los que lleguen a verlo dado a luz. A nosotros nos consuela saber que la criatura se está gestando en el vientre de la Humanidad y que la sentimos agitarse dentro, confiando esperanzados en que no aborte. 

martes, 24 de enero de 2017

EL MUNDO QUE CONOCIMOS

La ciencia avanza a un ritmo acelerado, tanto que amenaza todas nuestras seguridades e ideas heredadas de la filosofía griega: el tiempo, el espacio, la causalidad, la materia. Se han vertido ríos de razonamiento a lo largo de la historia de la Filosofía para indagar en estas ideas escurridizas pero innatas en nuestra especie, esquemas mentales heredados que evidencian nuestra adaptación exitosa al mundo que percibimos con los sentidos y en el que nos movemos. Pero el mundo se extiende además hacia dimensiones que nuestros sentidos no perciben directamente, en las escalas microscópicas y cósmicas, que sin embargo son accesibles por la razón, la instrumentación y las matemáticas. Y aquí surge la sorpresa, la rotura de nuestras convicciones sensibles, de nuestros patrones innatos de conocimiento. La idea de tiempo ya empezó a tambalearse cuando la teoría de la Relatividad demostró que no era algo absoluto, sino relativo al observador y a la velocidad con la que se movía. Y lo mismo sucedía con el espacio, evidenciando que ambos estaban tan relacionados que podría hablarse de una sola cosa. Ya en el lenguaje ordinario confundimos ambos conceptos, usando frases como " ha pasado largo tiempo", Pero la puntilla definitiva a nuestras convicciones mundanas la ha dado la física cuántica, la física de partículas subatómicas, que parecen comportarse de manera tan extraña al sentido común que nos hace pensar que "nuestro" mundo es sólo nuestro, una percepción meramente humana, parcial e imperfecta de la realidad.
Problemas metafísicos como la coexistencia del tiempo y la eternidad, racionalmente arduos de resolver, aparecen sencillamente resueltos en "universos de juguete", simulaciones simplificadas en base a sistemas de partículas entrelazadas cuánticamente, generadas a la vez, en las que un observador interior sí ve transcurrir el tiempo del "universo de juguete", mientras que un observador exterior lo ve inmóvil, eterno. En cuanto al espacio, no parece existir entre partículas entrelazadas, ya que existe una comunicación instantánea entre sus estados, como si fueran una misma cosa a pesar de estar separadas a gran distancia. Y  la causalidad tampoco existe a nivel de partículas, siendo substituida por la noción de probabilidad.

Todo lo anterior muestra que vivimos en un mundo aparente, representado, como ya pensaba Platón con su mito de la caverna. Tanto tiempo para llegar a la misma conclusión es desesperante, aunque sin embargo ahora se tiene la certeza de que es así.

En muy poco tiempo, relativamente, nuestra idea del mundo va a cambiar y todo tendrá que irse adaptando a los nuevos conocimientos. La Metafísica va a dejar de ser algo fuera de las fronteras de la Física, y la Religión acabará, quizás, confundiéndose con el Humanismo futuro (ya lo planteaba Teilhard de Chardin de alguna manera). Entretanto... seguiremos viviendo, igual que siempre, como Dios nos dé a entender.  

lunes, 12 de diciembre de 2016

LA EVOLUCIÓN

“En el principio era el caos y las tinieblas cubrían la faz del abismo”. Esa es la tremenda descripción que hace el Génesis del origen del Universo. Es una maravilla la inspiración del autor bíblico, que describe perfectamente lo que la ciencia va encontrando. Abismo de la nada, tinieblas, caos creador del Big Bang. Desde entonces, e impulsado por la fuerza de la Gran Explosión, el Universo no ha dejado de cambiar. Cuando se estabilizaron las grandes masa de materia incandescente de larga vida, como son las estrellas y galaxias, en algunos planetas templados por la radiación de su estrella cercana surgió milagrosamente la vida en el medio acuático, después de un largo camino de combinaciones al azar entre los compuestos químicos del planeta. Eso lo sabemos por el nuestro, pero es fácil imaginar que no se trata de un caso único entre los miles de millones de planetas semejantes, que giran alrededor de estrellas separadas a distancias inalcanzables.

Y la vida en nuestro planeta continúo cambiando y proliferando en mil formas distintas cada vez más complejas, hasta llegar a los primates y dentro de ellos al hombre, dotado de la mayor conciencia del reino animal; tanta que ha comenzado a explorar el Universo con su pensamiento y hasta quisiera trascenderlo y ver más allá de la Gran Explosión creadora. Vivimos en medio de un Misterio que todas las religiones a lo largo de la historia han tratado de iluminar con la misma inspiración que el autor del Génesis. La evolución ha dejado ya de ser biológica para ser cultural y espiritual, y a uno le gustaría asomarse al mundo después de haber transcurrido un millón de años más de evolución, y ver si el Misterio se ha desvelado y el Hombre vive ya en el Paraíso. Eso al menos lo han imaginado personas como Teilhard de Chardin, que dedicó su apasionada vida a unificar ciencia y religión en una sola visión coherente que hoy, pasadas algunas décadas, vuelve a querer iluminar de sentido el futuro.

viernes, 28 de octubre de 2016

OCUPAS

Se habían instalado en un rincón de la terraza, en un recoveco que hacía la pared lateral debido a la presencia de un pilar de carga. Se los veía bien acomodados, protegidos de la lluvia y el viento. En cuanto nos vieron llegar, salieron volando, dejando abandonadas en el rincón a sus criaturas: dos blancos huevos de pequeño tamaño. Habían acumulado en el rincón algunas ramitas y bastantes excrementos, que ya bien secos componían un destartalado nido. Nos dio pena la escena del hogar abandonado, la imposibilidad ya de que llevaran su prole a otro lugar donde nadie les molestase, así que dejamos los huevos en su sitio y volvimos a entrar en la casa. A través de las rendijas de la persiana bajada espiábamos sus idas y venidas, sus turnos de incubación, su afán procreador incesante.

Habíamos ido a la casa paterna, ahora abandonada también por ausencia irreparable de sus propios habitantes, y estuvimos sólo unos pocos días para echar un vistazo y poner algunas cosas en orden. Cuando volvimos otra vez al cabo de pocas semanas, se repitió la escena del susto y la precipitación  de las palomas saltando a volar casi a nuestros pies. Pero ahora sus criaturas eran reales y no blancos globos de esperanza. Eran dos polluelos diminutos, casi sin plumón todavía, dejando ver en muchas partes su desnudez orgánica de pellejos y huesos en la que sobresalía un gran pico y dos ojos saltones e inquietos.

La tercera vez que volvimos a la casa, ya con la luz y la tibieza del incipiente verano, no se repitió la escena de la espantada. Había sólo un polluelo, ya crecido y con plumas grises, pero se le veía encogido en el rincón, debilitado. Pensé que quizás en todas las nidadas hay un pollo más fuerte que acapara el alimento y se desarrolla más deprisa, abandonando el nido y dejando al hermano a su albur. Es la selección natural, que establece que los más fuertes son los que sobreviven. El polluelo solitario estaba triste y sin fuerzas para volar, resignado a ser ocupa durante el breve resto de su vida. No vimos a los progenitores llegando para alimentarle, ni siquiera para contemplarlo un momento. Le habían abandonado todos. Le pusimos unas migas de pan imaginando que estaba hambriento, pero no les hizo el menor caso. Entonces intentamos cogerlo y se revolvió con energía, revoloteando, entrando en la casa y refugiándose debajo de una cama. Después de todo no estaba tan débil, y quizás necesitaba un pequeño empujón para superar el complejo de inferioridad que le había inducido el prematuro y enérgico vuelo de su hermano al abandonar el nido. Quizás sus padres no le alimentaban ya para provocar esa reacción de coraje que le impulsara a volar. Volar o morir, esa parecía ser la ley natural de las palomas. Y el pollo iba a morir, así que tomamos la decisión de lanzarlo al aire desde la terraza, en el sexto piso. Conseguimos atraparle debajo de la cama, y mientras se revolvía y agitaba las alas entre mis manos, lo lancé al vacío. Desconcertado, se dejó caer hasta que el instinto le hizo agitar las alas y empezó a volar torpemente, con poca fuerza, consiguiendo un penoso vuelo descendente que le llevó a chocar contra la pared de enfrente, ya cerca del suelo. Algo maltrecho por el aterrizaje, pero sin nada roto, se escabulló enseguida detrás de un gran tiesto que había junto la puerta de una tienda. Nadie le vio, y allí permaneció escondido mientras pasaba la gente a su lado. Sólo cambiaba ligeramente de posición según las personas vinieran en un sentido u otro para ocultarse mejor. A la hora de comer, la calle se fue quedando vacía y el polluelo, más confiado, se aventuraba a dar pequeños paseítos alrededor del tiesto, explorando con la mirada los lugares cercanos. Nos pusimos a comer nosotros y decidimos bajarle más tarde algo de pan empapado en agua.

Ya en la calle, no vi al pájaro detrás del tiesto. Miré por los alrededores por si en su afán exploratorio se hubiese escondido en otro lugar más seguro. Pero había desaparecido por completo. De vuelta al piso, y mirando la calle desde la terraza, la terrible duda me asaltaba: ¿habría por fin conseguido alzar el vuelo después de su bautismo de aire o algún perro vagabundo le habría visto merodear alrededor del tiesto y había puesto fin a su incierto destino? Pero ¿qué podíamos haber hecho nosotros si se negaba a comer y al final habría acabado muriendo? No había visto plumas en la calle, por lo que quise convencerme de que el pichón estaba ya entre las otras palomas que se veían posadas en los tejados o planeando hábilmente de casa en casa, de alero en alero, de terraza en terraza, disfrutando de esa sensación maravillosa de volar en libertad y señorear la ciudad por encima de sus edificios.

lunes, 13 de junio de 2016

APRENDIENDO A MATAR

A los ocho años, edad de paso de la niñez, cuando ya había hecho la Primera Comunión, mi padre me regaló una escopeta de aire comprimido. En teoría, el regalo era de los Reyes Magos, aunque no me imagino escribiendo la carta a esa edad relativamente tardía. Con el “uso de razón” que se me suponía, fue entonces cuando conocí con total evidencia que los Reyes Magos eran los padres, pues descubrí la escopeta en un rincón de su armario el día anterior a la noche mágica. Quiero imaginar que por entonces el mito de los Reyes era una nebulosa en mi cabeza, en la que no quería penetrar demasiado debido a la alegría y satisfacción de recibir los regalos. Pero aquel día del descubrimiento,  junto con una discreta desilusión, la magia de los Reyes pasó a la deseada arma, impecablemente pavonada y barnizada. Resta decir que mi padre era cazador y yo le ayudaba a recargar los cartuchos, así que ya estaba enganchado a la droga de las armas. No recuerdo otro regalo anterior o posterior que me haya producido mayor emoción, pues era tener en mis manos el poder, la posibilidad  de matar, aunque los incipientes muchachos ya usábamos el tirachinas para asustar a los pájaros. Pero en aquel momento, la magia de la precisión y el poder penetrante del impacto ponían en mis manos un instrumento realmente letal. Sí, ya era mayor y se suponía que sabría usar el arma adecuadamente. En verdad que el arma tuvo la virtud de hacerme cruzar esa barrera que separa la niñez de la pre-adolescencia y convertirme en muchacho.

Pronto aprendí a usar la escopeta y a desarrollar precisión. Recuerdo el día que estaba asomado al balcón de casa y le disparé a un gorrión posado en los cables de la luz, encima de mí. Fue un tiro fácil. No se me olvida el redondo y negro punto de mira de la escopeta centrado en el pecho gris y esponjoso de plumas del gorrión. Disparé y el pajarito se quedó como congelado, y aferrado todavía al cable, giró hasta quedar suspendido bocabajo. Luego se soltó y cayó inerte al suelo. ¡Buen tiro!, me gritó un campesino que pasaba por delante de casa subido en su carro. Bajé apresurado a la calle y recogí al gorrión todavía caliente, temblando yo de emoción, sin saber si asustarme o alegrarme en ese primer enfrentamiento con la muerte causada por mí. Cuando llegó mi padre a casa, le estaba esperando excitado y tembloroso todavía, y le enseñé la pieza cobrada. ¡Vaya, este chico va a ser un buen cazador!, exclamó mirando a mi madre, que tampoco estaba segura de si alegrarse o entristecerse.

Había aprendido a matar y el camino era ya imparable. Salíamos varios amigos a los alrededores y nos turnábamos con la escopeta en el arte de abatir pájaros de los arboles, a veces cobrados ya muertos y otras malheridos, que había que rematar golpeando su cabeza contra una piedra. Eran trofeos de caza, certificación de nuestra puntería prodigiosa y nuestra maestría de cazadores. Hasta tal punto nos invadía la pasión de abatir una pieza, que le disparábamos a pajarillos pequeños de colores, esos que llamábamos mosquiteros. Llegaba a casa todo ufano con una ristra de pájaros diversos, muy puesto en mi papel de cazador. Había visto ese orgullo y ademán en mi padre, cuando llegaba a casa con la canana repleta de perdices colgando. Pero entonces me riñó, y me dijo que no le disparara a pajarillos pequeños, sólo a gorriones.

A los diez años empecé a cazar perdices con escopeta de cartucho, y me producía pánico el momento del disparo, el escandaloso ruido del pájaro al saltar a volar y el estampido del arma que golpeaba en mi hombro infantil con violencia. Pero había que aprender y aprendí, dominando el miedo y disfrazando la muerte de triunfo. Eran tiempos de postguerra y hoy me pregunto si la caza era entonces una válvula de escape para el odio y el ansia de matar acumulados en los que habían participado en ella. 

Desgraciadamente, hoy sigue habiendo guerras,  hoy se sigue matando, hoy sigue actuando el odio profundo y ciego sobre el gatillo de los fusiles y las pistolas. Hoy se sigue enseñando a los niños, en algunos lugares, a manejar armas de guerra y de “defensa personal”. Sin embargo, la gran mayoría de los que conservamos la fascinación por las armas, somos incapaces ya de volver a matar un gorrión. Ahora disparamos sólo a dianas de papel.

viernes, 27 de mayo de 2016

MORIR EN EL MEDITERRÁNEO

Son ya un fenómeno incesante las barcazas de todo tipo repletas hasta lo imposible de migrantes que cruzan el Mediterráneo hacia la tierra prometida de Europa. Y lo es el naufragio y muerte de algunos en esa peligrosa y codiciada aventura que facilitan las mafias a un precio no precisamente del tercer mundo, lo que evidencia la dimensión del sueño europeo que alienta a estos precarios navegantes, que han debido empeñar sus pequeñas posesiones en tierra para lanzarse a la mar. Niños, a veces solos, o mujeres embarazadas se arriesgan al frío y al estado de la mar con tal de huir de la miseria de sus pueblos en busca de una incierta esperanza. Estamos asistiendo a una migración imparable hacia la rica Europa.

Las migraciones son consustanciales con la historia de la Humanidad, desde la primeras que llevó a cabo el hombre prehistórico hace más de un millón de años, saliendo de África y poblando el continente euro-asiático, hasta las invasiones bárbaras desde las estepas asiáticas hacia el sur de Europa o la expansión del Islam por Oriente Medio y África. En todos los casos, la causa principal de los movimientos masivos de población ha sido la búsqueda de una vida mejor frente a la escasez de origen, aunque se promoviera enmascarada desde instancias religiosas o de poder.

En el siglo XIX migraron desde Europa a América más de sesenta millones de personas, atraídas por las oportunidades de trabajo y prosperidad económica del nuevo continente. En la actualidad, el flujo migratorio se ha invertido y Europa, de ser la repobladora del mundo en vías de desarrollo, ha pasado a ser la receptora del mundo sin esperanza de desarrollo. Y eso finalmente no es una carga sino una oportunidad que hay que saber aprovechar para el bien común. Europa se hace vieja y necesita rejuvenecer su población para que se garantice la supervivencia de su sistema económico y de bienestar. Pero la inmigración conlleva no sólo la aportación de masa laboral productiva sino de costumbres, creencias y culturas diferentes que inquietan a muchos por la amenaza de ir diluyendo o hibridando la cultura e identidad europeas. EEUU, país con historia de acogida, se ha desarrollado desde el principio gracias a la emigración, que ha alimentado su sistema productivo bajo un ambiente social de libertad y no imposición cultural que ha permitido la coexistencia, no sin problemas, es cierto,  de núcleos étnicos distintos, como el afroamericano, el hispano o el chino. Europa está todavía lejos de ese escenario y no será fácil que se construya ya que es muy larga su historia y muy arraigada su cultura.  Además, la población emigrante tiene unas tasa de natalidad muy elevada en comparación con la europea, lo que plantea un escenario futuro donde sus aspiraciones y cultura tienen que dejarse oír.  Y por otro lado, Europa y América del Norte no pueden acoger a todo el mundo subdesarrollado, lo que trae como consecuencia la planificación de la acogida y el cierre de fronteras a una inmigración descontrolada.

El escenario futuro es complejo y la distribución mundial de la riqueza es una fallida utopía que debería llamarse “globalización de la riqueza”, que no tiene nada que ver con la actual y creciente “globalización del mercado”, en la cual los países ricos aumentan sus pingües beneficios comerciales en todos los mercados del mundo. Y sin embargo, si un demiurgo quisiera reordenar el mundo advertiría, haciendo la cuenta de la vieja, que el 1% de la población mundial acumula la misma riqueza que el 99% restante. Y que si se distribuyera ésta equitativamente, los pobres únicamente duplicarían sus escasos recursos, es decir, seguirían siendo pobres. Se habría producido la distribución de la  pobreza. Por eso un futuro de globalización de la riqueza tiene que pasar forzosamente por promover el desarrollo de los países atrasados, haciendo innecesarios los movimientos migratorios. Y ése es otro cantar muy difícil de entonar. El drama de las migraciones no va a parar durante mucho tiempo.

jueves, 7 de abril de 2016

EL MULTIVERSO

Dicho así, esto del multiverso parece un poema, es decir, un conjunto de muchos versos. Pero no, no es un poema, o sí es un poema pero no literario sino científico. Es un poema porque hace uso de las metáforas, porque sorprende y maravilla, porque ilumina una nueva realidad. Aunque también podría calificarse de poema en sentido irónico, como algo enrevesado y que no se entiende, como un audaz despropósito o un planteamiento extravagante. Porque el Multiverso es un concepto cosmológico que trasciende la noción de este Universo inmenso que apenas intuimos en las noches de verano cuando contemplamos las miríadas de estrellas sobre nuestras cabezas. Ese Universo que mirado con el más potente de los telescopios sólo conseguimos ver en una pequeña parte, la parte observable, ya que el resto de sus galaxias están ya tan lejanas que su luz nunca llegará a la Tierra. Restaría decir que el Universo se está expandiendo lo mismo que un inmenso soufflé en el horno, y que las galaxias se separan entre sí cada vez más, pronosticando un lejano futuro de soledad cósmica.
Y si lo anterior no fuera ya suficiente para nuestras entendederas, resulta que nuestro Universo es sólo uno más entre una infinidad de ellos, según aseguran las actuales teorías cosmológicas, que además se plantean a no muy lejano plazo la verificación experimental de esta realidad inaudita. Multiverso,  palabra que señala la existencia alrededor nuestro de muchos Uni-versos que estarían apareciendo desde siempre en número infinito, como las burbujas de jabón en un baño eterno de espuma, si se perdona la metáfora. Baño o Nada creadora, Nada de realidad en potencia capaz de generar incesantes Big Bang que acaban configurando Universos.
Así es el poema actual de la ciencia, algo increíble, casi tanto como cuando el dominico Giordano Bruno afirmó en el siglo XVI que debían existir un número infinito de mundos habitados. Y aunque fue condenado a la hoguera, él sólo se refería a mundos (planetas) de este Universo.

¿Hasta dónde va a llegar esta ciencia loca que nos va a volver locos a todos? Y menos mal que las ideas de eternidad e infinitud resultan familiares a través de la religión y la fe en otra vida, pero que esas ideas se apliquen al Cosmos material ya es otro cantar… Si esto del Multiverso no es un poema, que venga Dios y lo vea.

viernes, 26 de febrero de 2016

LA TONTERÍA DEMOCRATICA

El país ha votado mayoritariamente, aunque de manera insuficiente para gobernar, al centro derecha, pero el centro izquierda, que es la segunda fuerza, le ha estigmatizado hasta el punto de no querer ni hablar con él a causa de los casos de corrupción que ostenta, ignorando los suyos propios que no se quedan cortos. La izquierda de verdad, que no oculta su ansiedad camaleónica por el poder, intenta captar al centro izquierda (indefinido entre la izquierda y la derecha, pero negando al poderoso rival del centro derecha que puede arrebatarle el poder). El centro izquierda duda porque hay líneas rojas hacia la izquierda que no deben rebasarse sin quedar en evidencia la traición a las raíces, aunque por el poder estarían quizás dispuestos a redefinirse políticamente.
Todo es un juego de estrategias por el poder, y mientras tanto los ciudadanos contemplan atónitos como los políticos juegan apasionados sus cartas ignorando que los ciudadanos que votaron hacia la derecha quieren derecha y los que votaron hacia la izquierda quieren izquierda, y asisten perplejos a la posibilidad de que cualquier salida indeseada sea posible. El tiempo de los ciudadanos pasó, ahora es el tiempo de los políticos, el tiempo de la conquista del poder a cualquier precio.
Esto es una tontería, un juego a dos niveles en que el nivel político, el superior,  usa a la ciudadanía, el inferior, como un paso previo, como la regla del juego o reparto de cartas que le permitirán hacer sus jugadas por el poder. La clase política, aunque presuma de popular o populista, sigue separada de la clase ciudadana.
Con gran lucidez dijo Jesús el galileo “Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”, banalizando la política, sobrepasándola y afirmando la primacía de lo verdadero sobre lo coyuntural humano, sobre el tributo político que hay que pagar por existir en este mundo.
 La democracia es un teatro, una comedia a veces trágica pero inevitable porque la convivencia exige acuerdos, aunque a veces sean inconvenientes. El único consuelo es que no son eternos.


miércoles, 3 de febrero de 2016

LA NUEVA "CASPA" POLÍTICA

No “casta” política, término puesto de moda por un partido de nuevo cuño para referirse a la política tradicional, profesionalizada, sino “caspa” política es lo que estamos contemplando en estos días en que todos los partidos, nuevos y viejos, afilan sus estrategias y tienden cepos para eliminar al adversario. Porque casposo no es sinónimo exclusivamente de anticuado y cutre sino de falta de aseo ético, de colonización de la mente por el hongo del egoísmo. Nuevos y viejos partidos hacen de la política un fin en sí mismo y se olvidan de los ciudadanos, que son relegados a meras fichas o presencias virtuales en el juego del poder. La política es un juego en el que el ciudadano, en cuanto ha otorgado su voto, queda al margen de la acción y se limita a contemplar, muchas veces desesperado, cómo el político juega bazas que no le gustan o que van incluso en contra de sus intereses. ¿Para qué votar a un partido que se pretende ganador si luego acaba gobernando una coalición de perdedores con programas políticos dispares? Las coaliciones y los pactos tendrían que hacerse antes de votar y prohibirse después. Esta democracia no tiene sentido, porque llamándose representativa no representa bien al ciudadano.
El político al uso vive en una burbuja política y contempla al ciudadano a través de su curvada superficie, distorsionado y difuso, viendo en él una baza de juego de su propiedad. El político mira a la política y no al ciudadano en sí mismo. Pasa algo parecido con el médico que ve sólo la enfermedad y no al enfermo. Es el mal de la profesionalización, de las castas, que no son exclusivas, como decimos, de los viejos sino también de todo aquel que llega con ese espíritu de corporación y sabiduría infusa.
Decía León Felipe, refiriéndose a esto, que había que pasar por las cosas ligero, sin quedarse demasiado en ellas, sin que hicieran callo para no perder la sensibilidad: 

Para enterrar a los muertos
como debemos
cualquiera sirve
cualquiera... menos un sepulturero.
Un día todos sabemos
hacer justicia. Tan bien como el rey hebreo
la hizo Sancho el escudero
y el villano Pedro Crespo.

Si la política estuviera sometida a riguroso control económico para evitar corruptelas y privilegios, además de remunerada de manera sobria, se accedería a ella por vocación de servicio a los ciudadanos y no por fines espurios. Y si el poder político estuviese limitado y controlado por la ciudadanía, otro gallo nos cantara. Pero ¿quién le pone por sorpresa el cascabel al gato si el que hace y aprueba la ley es el gremio político?  Demasiado poder, demasiada independencia y falta de control ciudadano habitan confortablemente en la política de nuestros días. 

lunes, 4 de enero de 2016

CONSUMO INDUCIDO

Decía Marx que la religión era el opio del pueblo, idea no original suya, por cierto. Hoy, cuando la religión no despierta ya tantas adicciones, tendría que decir que el opio del pueblo es el consumo. Todas las épocas y sociedades tienen su opio, salvo aquellas en que sobrevivir constituye la preocupación de todo el día. Los incas sometieron a los pueblos andinos que luego formaron el imperio, el Tahuantinsuyo, y el Inca tenía como máxima mantener siempre ocupados a sus súbditos hasta el punto de hacerles ejecutar trabajos inútiles antes de que estuviesen ociosos. Y así realizaron construcciones ciclópeas aparejadas en seco  insuperables, talladas las piedras con tal cuidado y perfección que a veces no se distinguían las juntas. Y lo mismo hicieron los Faraones egipcios levantando inmensas pirámides para sus sepulturas, o los soberanos del pueblo rapanui de la Isla de Pascua, obligando a sus súbditos a tallar y erigir innumerables moáis, gigantescas estatuas de los ancestros, monigotes pétreos diseminados por la isla. Ejemplos así los hay por todo el orbe.

Estamos pues ante un problema general que consiste en el empleo del ocio. La ociosidad es la madre de todos los vicios, dice el refranero universal, porque los vicios son el último recurso excitante capaz de combatir el tedio del ocio, de la inactividad.
En el siglo XX desarrollista e industrial, la medicina contra la angustia del ocio ha venido de la mano del consumo, inducido por el liberalismo económico, por ese dejar hacer al capitalismo en la confianza de que todo se autorregula y equilibra de la misma manera que en la naturaleza por la fuerza de las adaptaciones y la evolución. Pero no se puede ignorar que los equilibrios son con frecuencia crueles, como lo es que el animal se coma a otro animal para sobrevivir. Y dejando hacer al capital y a sus empresas,  se descubrió ya a mediados de siglo en Norteamérica la obsolescencia programada. Se podía hacer un buen negocio obligando a aumentar el consumo de manera artificial, innecesaria, produciendo artículos de escasa vida útil que había que substituir al poco tiempo. Todo empezó con las bombillas, que se fundían en breve plazo a pesar de que podían fabricarse al mismo precio con una duración casi ilimitada. Le siguieron las lavadoras, los frigoríficos y todos los ingenios electromecánicos. Hoy el asunto ya es de juzgado de guardia, cuando los ordenadores, móviles y demás gadgets electrónicos dejan de funcionar correctamente en un suspiro. Hay otras formas de obsolescencia programada, como los cambios de diseño, la moda, el marketing omnipresente y opresivo. La moda es la guinda de la obsolescencia, programada al margen de las tendencias sociales, de evolución mucho más lenta. La moda se cambia arbitrariamente cada año y hay toda una maquinaria comercial  para forzar su consumo.

 Las ventajas del aumento de producción que genera la obsolescencia programada son evidentes, ya que genera puestos de trabajo (innecesarios, eso sí) y llena los bolsillos de las empresas, que pueden abrir nuevas factorías y producir más. Es la espiral del crecimiento continuo, que el capitalismo ve como la regla de oro del progreso. El resultado negativo de esta vorágine es también obvio. Hay una gran masa de población produciendo cosas innecesarias, como los indios del Tahuantinsuyo. Y por añadidura, todos los productos obsoletos son enviados como material reutilizable al tercer mundo en desembarco incesante de containers, donde acaban despiezados en basureros en los que muchos extraen todavía el poco metal que tienen para conseguir precarios recursos. Pero lo que nadie se lleva es la destrucción del medio ambiente, la contaminación de las aguas y el deterioro del paisaje.

¿Pero estamos abocados necesariamente a este modo de producción, a la ley del crecimiento continuo? ¿Qué pasaría si empezamos a fabricar productos de calidad que duren una generación, a usar ropa de fibras duraderas y diseños que nadie cambie artificialmente de moda? Pues pasaría que se produciría menos, que si se querían mantener los empleos habría que bajar los sueldos. Pero como el consumo habría disminuido también en la medida de la producción, el gasto de las personas sería menor y podrían vivir como antes con menos sueldo. Menos trabajo y más ocio, sería el resultado. ¡Ah, el problema del ocio otra vez! ¿Qué voy a hacer con mi tiempo de ocio si no puedo consumir?, dirían algunos. Es un  tipo de pregunta enajenada que resulta de la labor embrutecedora que el marketing, la compra a plazos y la obsolescencia programada han venido creando a lo largo de decenios. Pues hay que responder que será una gran oportunidad para la interacción social, para la actividad cultural y política de todas las personas. Nada hay por descubrir en este mundo, que se lo pregunten a los ciudadanos griegos de la antigüedad, que disfrutaban del ocio de esta manera y, con una pequeña población en relación a nuestros actuales países, alumbraron a los mejores artistas, filósofos y escritores. Eso sí, los que trabajaban entonces eran los esclavos a cambio de casa y comida. Más o menos como hoy si añadimos las baratijas electrodomésticas y mecánicas que se producen por millones y que todo el mundo tiene.

domingo, 13 de diciembre de 2015

CAUDILLOS, PRESIDENTES Y CIUDADANOS


Los que crecimos en la época franquista estábamos acostumbrados al soniquete ese de Caudillo, referido al personaje que dirigía entonces los destinos de la Patria a su buen parecer y entender. Caudillo, es decir, cabecilla político-militar, o militar-político para ser más exactos, que se alza contra el orden establecido considerado ineficiente o perverso, pretendiendo derrocarle. Un caudillo debía tener un poderoso carisma para que gran parte del pueblo le apoyara y debía tener también la llave del poder militar y económico para alcanzar sus propósitos. La era dorada de los caudillos se remonta a los umbrales de la historia, cuando personas excepcionales como Alejandro Magno, Gengis Kan o el Cid estaban iluminadas por una idea – hoy decimos que tenían conciencia de un destino– que danzaba confusa en el alma del pueblo sin conseguir alumbrarse. Un caudillo es por definición algo temporal, cuya misión está ligada a una guerra, revolución o cruzada, ganada la cual debe ceder el poder a una organización política bien definida y contrastada en la época. La época de los caudillos es pues la época de la precariedad de conciencia de un pueblo, que necesita que alguien con más luces le dirija. Nuestro “Caudillo” nunca debió atribuirse ese apelativo, y si lo hizo fue movido por una fantasía bélica infantiloide engordada en sus exitosas campañas de África. Debió usar escuetamente, dada su vocación de permanencia, el nombre de Jefe de Estado bajo un régimen de dictadura.

Los que se obcecan en volver al pasado, en volver a las trincheras de la memoria, deberían tomar conciencia de que la lucha tiene lugar ahora en un presente democrático donde la conciencia no es patrimonio de un líder, un cabecilla o dirigente carismático, sino de todo el pueblo, cada vez más armado con la información que las tecnologías de la comunicación ponen a su servicio. Hoy los líderes, por llamarles algo, no son carismáticos sino personas comunes sometidas al ojo de la crítica pública por sus hechos. Así es la democracia, el gobierno del pueblo, aunque, perezoso como es siempre el pueblo, delegue en su Presiente por unos cuantos años. Presidente, o sea, el que preside o dirige una junta, reunión o asamblea, que es la que realmente toma las decisiones. De Caudillo a Presidente va un largo trecho de descentralización del poder y la conciencia de la realidad, y más trecho queda todavía por recorrer hasta acabar con la ineficaz democracia representativa, nido de corrupción, demagogia y desfachatez. Hoy día ser político es sinónimo de ser demagogo, y no hay más que escuchar los mítines electorales para abochornarse de la sarta de verdades a medias, de trampas argumentales o promesas imposibles que se dirigen a los miembros del propio partido con el único objeto de exaltarles y poder salir en televisión  para captar una parte de votos del alto volumen de indecisos, que ya pasan casi de todo a la vista del desencantado panorama político.

La política debe estar directamente en manos del ciudadano, y para ello hace falta crear corrientes de información soportadas en las nuevas tecnologías que permitan el sufragio directo y universal en la mayoría de los asuntos. El ciudadano dejará de ser un individuo observador al que se le consulta cada cuatro años y pasará a convertirse en todo momento en agente activo y responsable político. Parece una utopía pretender resucitar en nuestro tiempo la democracia ateniense, asamblearia, en la que todos los ciudadanos podían votar de manera directa. Pero aunque hacerlo en asamblea pública, a mano alzada como lo hacían ellos, resulta imposible ya, las tecnologías de la comunicación permiten llevarlo a cabo de manera rápida y efectiva. ¿Qué menos que convocar treinta o cuarenta asambleas virtuales al año, como ellos las convocaban físicamente, para decidir sobre los diferentes asuntos que afectan a la marcha de la sociedad? Sociedad aquella de ciudadanos que ostentaban directamente el poder servidos por meros administradores o funcionarios.  

lunes, 30 de noviembre de 2015

POLÍTICOS MEDIÁTICOS

Entramos en campaña y los líderes políticos se afanan en presentar su cara más simpática y divertida, su naturalidad más natural sacada nadie sabe de dónde puesto que nunca la usan en público a lo largo del año. Somos como tú, parecen querer trasmitir, entrañables y divertidos; puedes fiarte de nosotros. Y vemos a Rajoy detrás del micrófono deportivo comentando un partido de futbol con pasión madridista, o a Pedro Sánchez asistiendo a tertulias  marujeras o escalando el peñón de Ifach al lado de Jesús  Calleja, el versátil deportista aventurero que lo mismo escala montañas, pilota un helicóptero o se sumerge en simas inundadas. Vemos a Soraya Sáez de Santamaría bailando en el Hormiguero o recorriendo el Camino de Santiago en compañía también del incombustible  –a la par que famélico, quizás de tanta actividad– Jesús Calleja. Y veremos otra vez, como no, al Presidente de Gobierno departiendo sobre temas personales con Bertín Osborne en el programa “En tu casa o la mía”, por el que han pasado los más variopintos personajes, como Los Morancos, Jesulín de Ubrique, Carmen Martínez Bordiú o Mariló Montero. Y por ver y más ver, pobre del político que no se deje ver por la tele en los programas de diversión con más audiencia. Hoy día, si no eres mediático no puedes ser político. Ese parece ser el secreto recién descubierto en nuestro país. Frente a eso, ya no importan tanto los debates entre los líderes de los partidos, y hasta se eluden a veces salvo los muy significativos, porque gran parte de la gente lo que quiere es divertirse y que no le den la vara. Además, quién cree ya en los programas políticos, en las buenas intenciones, si al final no se cumplen por imperativos de la realidad o por incompetencia. Ya no engañan los programas como lo hacían antes, y por eso la gente quiere más ver el lado humano de los líderes que escuchar sus propuestas. Y a pesar de todo, en el desmadre electoral, todavía no hemos llegado al nivel de Italia, donde en ocasiones se ha presentado a las elecciones algún cómico o una prostituta famosa; ni al nivel de EEUU, donde los actores de cine son una estimable cantera (véase Reagan o Schwarzenegger). Claro que con este panorama, algunos, o muchos, vaya usted a saber, se preguntan si la política es un cachondeo, una mera apariencia,  y si no hay mucho que hacer salvo dejarse llevar por la fuerza de los acontecimientos, que vienen cada vez más condicionados desde fuera. Ver a Pablo Iglesias cambiar continuamente su programa adaptándolo al viento que sopla en cada momento, con la sana y probablemente única intención de hacerse con el poder y luego ya veremos, nos llena de desilusión y nos reafirma en la idea de que esto es un total cachondeo. No hay más que verle hacer el payaso cantando coplas mal escritas por él mismo para satirizar a otros políticos, mientras que las bases de Podemos se sienten abandonadas en su vocación asamblearia; qué ingenuos, tomarse las cosas tan en serio.

Mucho más triste es la campaña electoral en Cataluña, donde no hay ganas de juerga, sino de venderse el partido que gobierna a quién sea para conservar el poder, para conservar el statu quo de la corrupción y la impunidad ante la ley disfrazadas de independencia. Pero además es que los catalanes son más serios de por sí, y lo que de verdad les pone, en plan lúdico, es eso de “salut i força al canut”, que algunos maliciosos emplean con significado fálico, pero que en su origen medieval significaba salud y riqueza, ya que el dicho alude al peso o cantidad de monedas de la bolsa, llamada ”canut” debido quizás a un diseño tubular. En cuanto a otras manifestaciones lúdicas, mal lo lleva la sardana –esa elegante y ancestral danza llena de armonía y cooperación– en una Cataluña dividida, incapaz de cerrarse en círculo cogida de la mano.  

martes, 13 de octubre de 2015

CATALUNYA

La historia de un pueblo es siempre una ficción, un relato más o menos literario que exalta los sentimientos de sus gentes y les impregna de una identidad propia frente otros pueblos. La historia es el mito necesario que cohesiona una sociedad, junto con su lengua y su cultura. Y como todo mito, más que valor de realidad tiene un valor de potencialidad. Es la energía que mueve a los pueblos y los hace crecer.

Catalunya empezó a construir su mito nacional muy recientemente, a principios del siglo XX, aunque el mito hunde sus raíces en el catalanismo cultural romántico de finales del XIX. Es la misma época en que aparece con fuerza el nacionalismo vasco, y es que ambos, así como otros de diferentes regiones de la península, surgen como consecuencia de la idea sociopolítica del nacionalismo, alumbrada con la revolución francesa y que fue socavando las monarquías europeas que gobernaban a la vez varios países. Según ella, las personas de diferentes pueblos deberían dejar de guardar fidelidad a un mismo rey para guardarla a su nación, entendida ésta como el conjunto de gentes que hablan la misma lengua, tienen las mismas costumbres y cultura, y habitan históricamente un mismo territorio.

El que los nacionalismos vasco y catalán hayan sido los más pujantes y duraderos en España se deberá seguramente a diversos factores de difícil evaluación, y sin duda diferentes en ambos casos. Sí que tienen en común la existencia de unas figuras carismáticas como Sabino Arana y Prat de la Riba, respectivamente, que lograron  construir un mito nacionalista potente y avivar ese acervo de emociones  que despierta el paisaje, la etnia y la cultura de nacimiento. Tienen también en común un desarrollo industrial elevado, siderúrgico en Vizcaya y textil en Cataluña, que sin duda alentó en la época ese orgullo de ser mejores que el resto de España.

No entramos a juzgar la realidad de la historia catalana vista desde su mito nacionalista, por más que abunde en manipulaciones y visiones interesadas de los hechos, porque también el nacionalismo español, o el vasco, por hablar de nuestro espacio peninsular, cojean del mismo pie. Respecto a la tan exhibida identidad catalana, es cierta su existencia como lo es la aragonesa, vasca, gallega o andaluza, sin que eso constituya  un motivo de aislamiento y separación. Los estados se han formado por incorporación de pueblos y culturas, como señalaba Ortega, y lo esencial de un estado es que tenga un proyecto común ilusionante para todos sus pueblos y una legislación única que garantice la igualdad de derechos y deberes de todos los ciudadanos, pudiendo albergar diferentes culturas y lenguas siempre que exista una lengua común. Pero un estado de esa manera integrado debe mantenerse en nuestros días por acuerdo de las partes y no por sometimiento, evaluando las ventajas de la unión frente a la disgregación. Cuando las fuerzas sociales disgregadoras son más fuertes que las integradoras, hay que replantear las leyes constituyentes.

Volviendo a Cataluña – ahora escrito en la lengua común– deberían dejar  de utilizarse espuriamente los planteamientos nacionalistas que ya han quedado desenmascarados, primero porque la historia es muy compleja y su interpretación se puede inclinar hacia el lado que convenga en cada caso, y segundo porque no se trata de volver a la Edad Media sino de avanzar hacia el futuro. Los catalanes, que siempre han sido tan prácticos, no tendrían que dejarse arrastrar por ese sentimentalismo nacional primitivo que necesita un oponente para existir. Cataluña ha tenido altibajos en su desarrollo, pero el victimismo no soluciona los problemas de las épocas de decadencia, de la mala administración o la política corrupta. 

lunes, 25 de mayo de 2015

EL MÉTODO PARA ADELGAZAR


¡Se acerca la hora de la verdad! Se acerca el verano, y con el verano la playa. ¡Qué horror!, exclaman las señoras adictas al chocolate, que disimulan bajo la ropa sus adiposidades sigilosamente desarrolladas mientras se daban a los placeres eróticos del paladar. ¡Maldición!, juran los señores que todavía quisieran  presumir de palmito aunque luzcan pelo gris y barriga semiesférica debido a los abusos del placer omnívoro. Y todos se ponen manos a la obra para alcanzar la meta soñada de perder esos kilos y esas formas que afean su imagen. En nuestra cultura actual de veneración de la imagen y la apariencia, los afectados por los kilos piensan que podrían estropear algún romance de verano o incluso desbaratar un negocio importante, aunque tanto uno como otro estén en realidad flotando en su imaginación, como globos de colores bajo el cielo azul.

En invierno no hay problema porque los kilos en exceso pueden disimularse usando fajas y corpiños que devuelven la imagen soñada, pero en la playa… ¡ay en la playa!, la grosera realidad de las carnes desparramadas e hinchadas no se puede escamotear. ¡Hay que adelgazar como sea! Pero ¿cómo hacerlo en apenas un mes?  Hay muchas opciones, muchas dietas que prometen reducir varios kilos a la semana, como la dieta de las zanahorias, la dieta baja en hidratos de carbono, la dieta alta en proteínas, etc., etc. Esfuerzo inútil, porque todas ellas parten de un principio básico equivocado: adelgazar sin pasar hambre. Al final, las calorías siguen siendo las mismas tanto si provienen de grasas, hidratos de carbono o proteínas. Y las dietas vegetarianas extremas nos pueden dejar con poca chispa, salvo que las profesemos desde hace tiempo y sean lo más equilibradas posible. El error está, como hemos dicho, en tenerle miedo al hambre, pequeños glotones de la sociedad de la abundancia que no sabemos mortificarnos.

Pues bien, esa es la dieta eficaz, la fórmula mágica del adelgazamiento, aunque al alcance sólo de caracteres firmes. Y es una fórmula de propósito general para domeñar cualquier placer o vicio. Se basa en la famosa frase que puede leerse en algunos bares: “Hoy no se fía, mañana sí”. Y por semejanza: “Hoy no fumo, mañana sí”, o,  en nuestro caso: “Hoy no voy a comer apenas, mañana sí”. Con ese cartelito pegado en la puerta de la nevera y respetándolo fielmente cada día, veremos cómo nuestros kilos descienden sensiblemente desde la primera semana. Naturalmente comeremos de todo para que nuestro dieta sea equilibrada, pero reduciremos calorías en base a disminuir la cantidad ingerida. Y no estará de más tomar algún complemento vitamínico. ¿Pero y el hambre, qué hago con el hambre?, preguntarán muchos. Pues también hay solución para los débiles de espíritu que no pueden soportarla. El truco es psicológico y consiste en cambiar la sensación de malestar propia del hambre en sensación de placer, sin necesidad de que nos volvamos masoquistas. Hay que pensar que cada vez que sintamos hambre estamos adelgazando unos cuantos gramos, como así es en realidad. Esa satisfacción interior de estar adelgazando hará que aceptemos con relativo agrado las punzadas del hambre. A los pocos días nos acostumbraremos a esa sensación de quedarnos siempre con el estómago ligero, no satisfecho del todo; lo que por otra parte es beneficioso para el organismo en general, que tiene que trabajar menos en procesar los alimentos y se desenvuelve más ágilmente al tener que arrastrar menos peso en los desplazamientos.

¡Y a la playa, a la playa!, pero a olvidarse prácticamente de los chiringuitos y los buenos restaurantes, de la cervecita fresca y las tapitas, de los gintonics con hielo, de los helados y las horchatas. No sé, no sé, dirá alguno, quizás sería más fácil y gratificante mandar la dieta a paseo y decirse cada mañana al despertar: ¡soy una persona gorda, qué pasa! Pero no desesperemos tan pronto, que hay una alternativa para aquellos que no quieran privarse del placer de comer y beber: machacarse a diario con dos o tres horas de tenis, natación o bicicleta. Los milagros no existen en estos asuntos tan banales.

domingo, 10 de mayo de 2015

LOS POLÍTICOS Y LOS TOMATES

Es un hecho que en nuestros días los tomates no saben a nada. Igual pasa con los políticos. Cualquiera que sea la clase de tomate, sólo se diferencia de los otros en la apariencia: unos son de color rojo homogéneo y muy redondos, otros alternan el rojo y el verde, otros son en forma de pera, otros son pequeñitos y de varios colores, amarillos, naranjas y rojos. Y hasta los hay muy grandes y en forma de corazón. Pero todos, como digo, aunque de diferente aspecto, no saben a nada, lo mismo que los políticos.

En el caso de los tomates, los cultivadores han hecho una selección genética a lo largo de décadas, que ha ido imponiendo las semillas de aquellas variedades que mejor forma y color tenían en menosprecio del sabor, ya que los tiempos que corren son tiempos de imagen, de apariencias, y también de exportación. Incluso se han hecho modificaciones genéticas artificiales para potenciar estas cualidades. Un tomate con buena apariencia, que resista bien el maltrato del embalaje y que dure sin deteriorarse durante el transporte, es el candidato ideal para su cultivo. Desgraciadamente no se han encontrado variedades que aúnen estas cualidades de exportación con el sabor y la riqueza vitamínica. De aquellos polvos vienen estos lodos: en nuestro país, el 95 % de los tomates que podemos consumir no tiene substancia. Y lo mismo pasa con los políticos, y no es que los exportemos sino que el propio mercado interno atiende más a la imagen que a la realidad que hay detrás, y además ellos tienen que aguantar la cara también, ahora que estamos en campaña, hasta que culminen las elecciones. Es la ley  del mercado en estos tiempos.

Todos los partidos políticos muestran su mejor apariencia, que promete satisfacciones futuras. Es esencial que los líderes tengan un aspecto agradable, grandes dosis de  empatía, una palabrería que llegue a la gente aunque la mirada de un observador atento perciba en sus ojos ese reflejo de "no me lo creo ni yo".  Y en el seno de los partidos políticos se van seleccionando desde los años juveniles a los especímenes que reúnen estas cualidades. Ya sólo falta, para completar el símil con los tomates, ahora que la intervención genética en animales es viable, que las futuras mamás pidan la modificación ad hoc de sus embriones para que salgan de ellos unos políticos transgénicos llenos de futuro.

Lo que cuenta hoy día es el marketing, un marketing a corto plazo, que una vez vendido el producto ya veremos qué se hace en la próxima campaña. Las generaciones se renuevan con mucha rapidez y muchos no se acuerdan, o están tan atontados por los estímulos inmediatos que renuncian a acordarse, de la historia reciente. Afortunadamente, la gente mayor sí conserva la memoria y se acuerda del sabor de los tomates, y no renuncia a volver a degustarlo algún día. Incluso ya hay productores que empiezan a recuperar para consumo interno aquellos cultivos hortícolas que llenaban nuestro paladar de sabores. ¿Llegará este movimiento incipiente a la política? Porque al final, como dijo Jesús el galileo refiriéndose a los falsos profetas, "por sus obras los conoceréis", no por sus palabras. Quizás por eso él hizo milagros y se jugó el tipo ante el poder de la época. ¿Hará falta un milagro para que la política vuelva a tener contenido de verdad y vuelvan a diferenciarse las distintas opciones?


lunes, 27 de abril de 2015

TÍTULOS PARA NO LEER EL LIBRO

Escribir un buen título es un arte cuyo poder actúa en el inconsciente despertando sugerencias. Un buen título puede considerarse como un microrrelato que resume una historia extensa y predispone a su lectura. Pero no todos los títulos poseen esta cualidad, y de hecho hay títulos de obras clásicas muy sencillos, un simple nombre propio o común como “Hamlet”, “Romeo y Julieta”, “Los miserables”  o “El jugador”. Otros son descriptivos de la trama, como “El laberinto de la soledad” de Octavio Paz, “La insoportable levedad del ser” de Kundera o “Alicia en el país de las maravillas” de Lewis Carroll. Algunos son poéticos y sugerentes, y entran en la categoría de los buenos títulos mencionados al principio, como “Las flores del mal” de Baudelaire o “Los árboles mueren de pie” de Casona. Hay otros, sin embargo, que buscan sugerencias no literarias, la mayor parte de las veces con descarada intención comercial. Son libros recientes, inmersos en la actual cultura del entretenimiento banal, y es recuente en ellos el deseo de llamar la atención usando expresiones absurdas, metáforas mal construidas, lenguaje cotidiano y frases hechas que buscan la complicidad con un lector poco exigente. Y con tales mimbres se acaban perpetrando títulos que son para echarse a reír… o a llorar. En cualquier caso, para no leer el libro. Veamos algunos ejemplos:

LA PIRÁMIDE INMORTAL, de Javier Sierra. Tendremos que dar por sentado que todas las pirámides son mortales y lo excepcional de la historia es que trata de una pirámide que no lo es. Aunque en realidad el asunto va de Napoleón, que pasa unas horas aislado dentro de la pirámide y es llevado por fuerzas esotéricas a elegir entre seguir siendo mortal o acceder a la inmortalidad. ¡Toma ya! Si al menos el título fuese “La pirámide de la inmortalidad”  se podría perdonar al autor el título (sólo el título).

LA VOZ INVISIBLE, de Gisela Pou. Yo creía que todas las voces eran invisibles, que sólo eran audibles, pero la autora intenta una metáfora desafortunada para hablar de las enfermeras, esos seres a menudo invisibles o desapercibidos que tanto bien hacen, sin embargo.

MI COLOR FAVORITO ES VERTE, de Pilar Eyre. Juego con el equívoco entre las palabras “verde” y “verte”, pero aparte de eso, uno no puede imaginar que ver a una persona querida pueda asimilarse a ver un color, por fascinante y favorito que sea. Que ya sabemos que los colores despiertan sentimientos, pero son demasiado suaves y ambientales como para compararlos con ver a una persona amada. Dicho en plata, que la protagonista prefiere ver a esa persona que a su color favorito (S.O.S.).

EL MAPA DEL CAOS, de Félix J. Palma. Bien, ahora sabemos que se puede encerrar el caos en un papel. Siempre se ha creído que el caos era algo inquieto y sin perfiles, algo esencialmente inestable y cambiante, pero parece que hay quien puede representarlo en un mapa y tenerlo controlado y congelado. Lo que sí podría hacerse es representarlo en video, de manera aproximada, como un gas compuesto por infinidad de partículas en movimiento desordenado y constante. En fin, no merece la pena leer el libro entero para intentar indultar la fallida metáfora. Aunque pensándolo mejor, quizás el título alude al maremágnum de la trama, a un auténtico caos de argumento y personajes, cuyo mapa es sin duda el propio libro.

DIOS NO TIENE TIEMPO LIBRE, de Lucía Etxebarría. Cualquiera sabe a qué alude el título, como no sea que Dios pasa de esta comedia de enredo, de mentiras y apariencias, todo un embrollo entre personajes, sentimientos e intereses.

COMIENDO SONRISAS A SOLAS, de Tadea Lizarbe. Difícil habilidad esa de comerse la sonrisa, supongo que es morderse los labios para evitar sonreír, en un ejercicio ambivalente de placer-dolor intimista. Pues muy bien, el que te entienda que te compre.

EL CORDERO CARNÍVORO, de Agustín Gómez Arcos. Dramática metáfora para aludir a una relación incestuosa entre dos hermanos varones. ¡Horror! No consigo imaginarme a un cordero comiendo pajaritos o topillos.

PERDONA PERO QUIERO CASARME CONTIGO, de Federico Moccia. Paradigma de los títulos escritos con habla simplona y letra infantil, destinados a un público adolescente. Y sin embargo, todo un éxito de ventas millonarias y sintonía con el público juvenil, lo cual no quita para ser un mero fenómeno comercial al uso, en este caso de tipo romántico y pastelero.

MÚSICA PARA FEOS, de Lorenzo Silva. Existe música para jóvenes, para ancianos nostálgicos, para niños, etc., pero es una novedad la música para feos, y se supone que debería haber una música para guapos, siendo lo normal una música para gente de belleza media. Es difícil encontrar una justificación del título  que no sea un señuelo sin sentido para llamar la atención.

ASÍ EMPIEZA LO MALO, de Javier Marías.  Dan ganas de preguntarle a J.M. a qué malo se refiere, porque la frase no significa nada si no hay un referente concreto. Es semejante a decir “al gato le molestaba la presencia ” u otras muchas frases sin sentido en sí mismas.  Claro que indagando en las confusas tramas a que nos tiene acostumbrados el autor, que con mucha frecuencia nos sumen en el sopor y el abandono de la lectura, sospechamos que lo malo se refiere al libro, que empieza así, con ese título malo. 

domingo, 19 de abril de 2015

LEÓN COME GAMBA


Claro sucesor de la autora del casi olvidado fenómeno del Ecce Homo de Borja, por su impacto mediático, regocijo y ludibrio del personal ocioso y posmoderno de nuestros días, el joven de 18 años y concursante de Master Chef, Alberto, ha protagonizado un inesperado suceso que ha puesto en entredicho el mecanismo del que ha resultado ser otro concurso típico más, disfrazado en este caso de cultura gastronómica. Porque en él se han utilizado los mismos recursos y artimañas que buscan conseguir audiencia por encima de cualquier otro valor. Así, desde el principio de esta edición, se dio protagonismo al peculiar concursante, muy amanerado, que no podía dejar de llamar la atención con su afeminamiento y tontería. Después de algún éxito con sus decorativos "emplatados", fue expulsado bruscamente y sin deliberación por su plato “león come gamba”, una patata decorada, que desde su mentalidad pueril y desconectada de la realidad debió parecerle ingenioso. El jurado, sin embargo, lo consideró, o simuló considerarlo para armar  escándalo y levantar la audiencia, como una tomadura de pelo, como una ofensa a sus personas  y al resto de concursantes que se afanaban en sus creaciones de alta cocina. El pobre Alberto, con su emotividad de niña de cinco años, ingenua víctima utilizada por el programa, acabó sumido en sollozos incontenibles en brazos de la juez femenina, Samantha.

No es que el muchacho sea tonto, al menos intelectualmente, ya que es estudiante de medicina y probablemente se licenciará como médico, pero su sensibilidad hipertrofiada parece hacerle vivir en un mundo paralelo. Y a eso se han agarrado los genios de la cocina de Master Chef para exacerbar los ánimos, para sembrar polémica, sin tener en cuenta la delicada personalidad del concursante y el drama que supuso para él tomar conciencia repentinamente de su ridículo. Claro que a la larga quizás le sea útil el  escarmiento.

Esto de la hipersensibilidad está de moda en estos tiempos de "pensamiento débil", y sentimiento débil tambien, y se hizo evidente en los medios cuando aparecieron, años atrás, los concursos del Gran Hermano. En este concurso tenemos también a un campeón de karate al que se le saltan las lágrimas al menor descuido, y parece que eligieran a los concursantes para hacer contrapunto con la inflexibilidad y dureza estudiadas de los jueces, que exhiben un  autoritarismo de formas que raya a veces en la mala educación y el maltrato. Pero ese es el juego, el juego del sometimiento del concursante. El espectáculo a costa de los ingenuos aspirantes a cocineros es lo que manda, todo sea por el rating.

miércoles, 8 de abril de 2015

LITERATURA GRATIS: UNA REVOLUCIÓN PENDIENTE

En un artículo anterior, “La ecuación perversa del mercado”, vimos como la búsqueda del máximo beneficio económico de las empresas editoriales ha conducido, por medio del marketing, a la difusión de una literatura mediocre y a su imposición como referencia de calidad y objeto privilegiado de consumo.

Ahora, intentaremos encontrar una solución distinta de aquella ecuación que llamamos perversa y que establecía como valor de partida de una de sus variables el máximo beneficio editorial. La ecuación era una función de tres variables: beneficio editorial, calidad literaria y coste del marketing. Veíamos que una obra inédita de poca calidad que excitara las pulsiones más básicas del público, fácil de encontrar entre la inmensidad de autores que sueñan con escribir best-sellers y hacerse millonarios, acompañada de una inversión grande en publicidad, producía un gran volumen de ventas y por tanto unos ingresos substanciosos para la editorial, a pesar de un precio de venta contenido para un tocho de mil páginas.

Supongamos ahora que el precio de venta hay que disminuirlo de manera drástica debido a la competencia, y con él el beneficio de la editorial, que tendrá que reducir los costes de publicidad al máximo (se incluyen aquí los famosos y sustanciosos premios amañados), lo que a su vez disminuirá el volumen de ventas. Se acabó el negocio editorial, se acabó el sueño de los escritores que aspiraban a ser millonarios escribiendo best-sellers, se acabó la calidad literaria pésima que excitaba las pulsiones más primitivas de los lectores, se acabó la literatura de usar y olvidar. ¿Quién escribiría entonces?

Un primer efecto de establecer a mínimos la variable precio en la ecuación del mercado es que disminuirá drásticamente el número de escritores, quedando en activo sólo aquellos que escriban por pura vocación literaria, a pesar de cualquier condición del mercado, a pesar de tener que buscarse la vida por otra parte. Quedarán sólo aquellos para los que escribir es algo que hay que hacer a pesar de todo.

Disminuiría así considerablemente el número de obras escritas y sería fácil encontrar las más valiosas, bien en las librerías o mediante el boca a boca. No haría falta el marketing, sirviendo de orientación la crítica especializada también vocacional y no retribuida (por las editoriales).

¿Para qué sirve tener en el mercado miles de libros casi clonados que se reparten la ignorancia y los euros de los lectores?  En España, el número de libros nuevos que se publican cada año es de alrededor de 50.000. ¿Es que alguien podría leerlos aunque empleara toda su vida? De ellos, ¿cuáles merecerían ser indultados de la hoguera? Quizás 100 y ya me paso. El resto no añaden nada a la cultura y sólo sirven para engrosar una poco más el negocio editorial.

En el siglo de oro español, aquel tiempo de esplendor literario, ¿cuántos libros se publicaban al año? No más de 50, y sin embargo entonces surgieron autores como Cervantes, Quevedo o Lope, que no nadaron en la abundancia precisamente debido a sus obras.

Pero por mucho que se quiera disminuir el precio de los libros, ahí están los costes editoriales y un mínimo de remuneración para las empresas que los producen. Claro que hoy se puede recurrir a la edición digital, prácticamente gratis. Aquí está el arma que permite invertir la ecuación perversa del mercado. Si hay autores que publican gratis en digital, por el mero placer de difundir sus obras, la gente renunciará a leer otras obras en papel, e incluso en digital con precio relativamente alto, si la diferencia de calidad no es muy grande. En cualquier caso, los precios irán a la baja de manera importante. Siempre le quedará a las editoriales el pequeño negocio de reeditar libros de lujo para regalo, para los coleccionistas o fetichistas del libro. Todavía se fabrican mecheros de lujo aunque existan las cerillas.

La conclusión de este artículo es que hay que retirar del mercado a aquellos autores que especulan con ganar dinero, los ministros del best-seller, los que venden millones de ejemplares. No será fácil porque el campo literario está sembrado con mala hierba por las editoriales, con la hierba del entretenimiento banal y la insignificancia. La revolución cultural que devolverá la calidad y el valor a la literatura tiene que pasar por un movimiento de escritores que puedan autopublicarse gratis y escriban por mera vocación, por necesidad de expresarse y de crear, alentados en el peor de los casos por esa farsante llamada fama, que prefiero llamar reconocimiento público y que mantendrá en forma su capacidad creativa. Es la ley de la demanda: si hay suficiente oferta gratis, los precios caerán sin remisión y las editoriales verán acabarse su negocio. En esa revolución jugará un papel de primer orden la crítica desinteresada, vocacional también, que encuentra su razón de ser en descubrir para el público aquellas obras que enriquecen el acervo cultural. Habría que dar forma en las redes sociales a ese movimiento cultural revolucionario de autores y críticos altruistas, de manera que los lectores acudieran a su espacio para informarse y descargar sus libros.

Para los idealistas que pensamos que la cultura es un patrimonio común –pues incluso el creador no parte de la nada, sino de toda la obra anterior a él–, el negocio editorial no puede parecernos sino inmoral. Tampoco creemos que el acicate económico puede mejorar la creatividad del autor; al contrario, le empujará a una mayor producción pero de peor calidad. No hay más que ver tantas obras de autores reconocidos que nunca alcanzan el nivel de aquella que les hizo famosos, y que siguen medrando a costa de aquel dicho: “hazte famoso y échate a dormir”.